Doctora, ¿ésto que me pasa es normal?

Pues sí, te vas a sorprender de lo “normal” que es.

Un 20% de la gente, 1 de cada 5 personas, sufrirá un trastorno mental en algún momento de su vida. No lo digo yo, lo publicaron en el año 2006 unos médicos catalanes como el proyecto ESEMe-D en la revista médica Medicina Clínica. Os invito a leer el artículo completo en la web de Elsevier.

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Prevalencia/vida y prevalencia/año de los principales trastornos mentales

Lo más interesante de este estudio a mi parecer es:

  • Que la muestra es grande, 5.473 individuos, y lo más importante, representativa de la población española. Eso implica que los resultados del estudio tienen mucha validez y que las prevalencias no están falseadas por haber escogido la muestra a partir de un grupo desfavorecido, como sería, por ejemplo, un barrio de la periferia respecto al centro de Madrid. Es decir, en las estadísticas entra el rico y el pobre, el universitario y el pescadero, ambos sexos, cualquier edad.
  • Que a pesar de que cualquier persona puede sufrir un trastorno mental hay factores de riesgo extrínsecos: el sexo femenino (excepto para los trastornos por abuso o dependencia de alcohol), la edad (los jóvenes sufren de fobias, los mayores de ansiedad y trastornos del ánimo, los ancianos de trastornos de ánimo), estar separado, viudo o soltero, el desempleo, el bajo nivel educativo, la baja por enfermedad y la incapacidad.
  • Que las depresiones son más prevalentes en las grandes ciudades y en personas con educación reglada más larga.
  • Que los trastornos de ansiedad cronifican con más frecuencia que los trastornos depresivos, que suelen ser episódicos.

No pretendo alarmar al hablar de factores de riesgo. Un factor de riesgo no es una condena. Si notas que algo te esta perjudicando, cámbialo. Por desgracia, la mayoría de estos factores no son modificables, pero sí que podemos, y es altamente recomendable, aprender a vivir de la mano con ellos, sin que pongan en riesgo nuestra salud.

La enfermedad mental no entiende de estereotipos. Por lo que a mí respecta soy mujer, joven, con estudios superiores y además vivo en una ciudad de mas de medio millón de personas. Osea que, en este momento, tengo más papeletas para fobias y ansiedad, y en el futuro, para depresión. Pero si me vieras por la calle, nunca pensarías que una chica con una vida aparentemente tan fácil y bien apañada pudiera tener un problema psiquiátrico. Y probablemente yo pensaría lo mismo de tí, sin tener en cuenta que puedes estar divorciado o no haber acabado la ESO o tener un problema físico de salud. El paciente psiquiátrico es el hombre que habla solo a voces por la calle, por supuesto, pero no solo él. También la chica del bolso de marca y el camarero que le sirve el café. La idea de la marginalidad de los problemas psiquiátricos está tan extendida, incluso entre los propios médicos (“Ah, así que quieres ser psiquiatra… ¿no te dan miedos los pacientes?”), que se entiende el miedo de los enfermos a ser catalogados de lo que no son: gente excluida de la sociedad, desamparada, peligrosa.

1 DE CADA 5. Más que la diabetes, más que el cáncer, la mitad que la hipertensión. Mira a tu alrededor, ese “normal” alrededor, cuenta personas e inclúyete. Recuerda que tú, persona “normal”, también computas para las estadísticas.

 

 

 

 

 

Y tú, ¿qué especialidad quieres hacer?

Aunque llevo ya un tiempo diciéndole “Hola” al mundo y a quien me escuche es la primera vez que lo hago como Graduada en Medicina.

En realidad poco ha cambiado desde que recibí mi beca. No me siento distinta a esa chica que entraba ilusionada a firmar su matrícula en una universidad extraña de una ciudad extraña rodeada de gente extraña. No iré haciendo alarde de mi título, ni aquí ni en ningún lado. Porque la veterana que sale ahora de la facultad, al contrario de lo que pensaba la novata, no se sabe el Harrison de memoria. Porque todavía aún pende de papeleo universitario que le dará forma oficial, tal vez porque aún no me hago a la idea de firmar con un imponente “Dra.” delante o tal vez porque todavía queda un MIR por delante para elegir especialidad y formarme en ella.

“Y tú, ¿qué especialidad quieres hacer?” es una pregunta que cada vez gana más protagonismo en mis oídos, por parte de compañeros, familiares, amigos, tutores… y mis ojos ven con cara de asombro la suya cuando les contesto, y las preguntas que siguen son indefectiblemente tres: “¡Qué miedo, esos pacientes!” o “Debes ser muy valiente” o “Pero, ¿estás segura?” . Tres, sí. Habré confesado mis gustos decenas de veces y son éstas. Ni una más.

Sí, lo estoy, ¡quiero ser psiquiatra!

Basta ya de estigmas, de falsos mitos, del temor infundado a los enfermos mentales que bastante tienen con ser precisamente eso, enfermos. Ningún otro paciente se avergüenza de lo que el doctor ha escrito en su informe médico: depresión, trastorno por ansiedad, esquizofrenia, trastorno bipolar, bulimia… Al leer el diagnóstico la mayoría salen de la consulta con pena en los ojos porque “su médico es el loquero”. Eso tiene que cambiar y si este espacio puede servir para que solo una persona mire de manera diferente la Psiquiatría habrá merecido la pena.

No necesito muchas armas médicas, no usaré palitos depresores ni tendré que llevar el fonendo a todas partes, tampoco tendré a mi alcance las herramientas diagnósticas más punteras dignas de ciencia ficción y no habrá contacto físico con la mayoría de mis pacientes.

No es la especialidad más empírica, protocolizada o exacta, no es prestigiosa ni tan siquiera elegante. La fama del psiquiatra sádico e impositivo con sus pacientes tampoco ayuda.  Además, le falta un nombre rimbombante, ahora que parece que cuantas más sílabas tenga una especialidad más impresión produce. Por ejemplo, Microneurocirugía Psiquiátrica Infanto-juvenil iría en cabeza.

Entonces, ¿por qué quiero ser psiquiatra y desde cuándo?

Eso lo dejamos para la próxima entrada, ¿Quién soy yo?